
La lectura es una de mis aficiones favoritas. Afirmando esto parece que estoy respondiendo a un test de personalidad de un suplemento dominical cualquiera pero en mi caso es rigurosamente cierto. Siendo ya muy niño prefería jugar con un Atlas Mundial cuyos mapas me tenían absorto o con cualquier libro de Los Cinco antes que con los Madelmanes y Geipermanes que hacían furor en aquella época. Biografías sencillas de Julio César o el Cid, aventuras de Alfonsín de Tarascón y relatos acompañados de viñetas del gran Julio Verne eran mis conductos habituales para navegar en mundos que de otro modo no hubiera descubierto nunca y era sólo cuestión de tiempo el zambullirme en los brazos de Homero, Cortázar o Kerouac para mantenerme lo suficientemente aislado de la realidad como para no volverme loco. No es que sea un devorador de libros pero en un año puedo leer entre 30 o 40 lo que en este país es algo realmente remarcable. En cuanto a mis preferencias, leo primordialmente novelas pero no desdeño un buen ensayo, libro de poemas o cualquier estilo que caiga en mis manos.
Actualmente estoy enfrascado en las "Conversaciones con Woody Allen" de Eric Lax el cual me lo regaló mi hermana estas navidades sabedora como es de mi debilidad por el director neoyorquino y lo cierto es que estoy totalmente entregado a su lectura saboreando cada una de las páginas al igual que disfruto cualquier escena de sus películas.
El meollo del asunto es que esta mañana he perdido el libro y este luctuoso hecho me ha dejado abatido y con una ira autodestructiva que me ha asustado a mí mismo. No esperaba que la pérdida de un libro podría afectarme tanto. He tratado de reproducir todos mis movimientos con el fin de tratar de hilvanar una pista que pudiera llevarme hasta mi preciado tesoro pero mi propio enojo me ofuscaba y los tenues recuerdos de las últimas horas se diluían en una mezcla de ira ascendente y profunda tristeza. Tres horas más tarde cuando ya lo daba por perdido, un caritativo vecino me lo ha devuelto sano y salvo. Lo había encontrado en el garaje sobre el techo de su coche y como me cruzo con él frecuentemente en la calle (paseamos a nuestros perros a horas parecidas aunque con diferentes trayectorias) acompañado de algo de lectura no ha tardado mucho en adivinar quién era el estúpido despistado que había dejado ese tesoro sobre su coche.
El resto del día lo he pasado aferrado a él. Lo sobaba, lo olía, lo contemplaba embelesado hasta el punto que mi esposa me atacaba socarronamente aunque con cierto tufillo celoso en sus irónicos comentarios y no es para menos pues me sentía como un adolescente después de recuperar un amor perdido. ¿Será tanta pasión incontrolada por un manojo de papeles sano?...


