Yo soy uno de los miles de sufridos padres que todo lo que hacemos en esta vida es por el bien de nuestros hijos y hoy precisamente, en el día de Reyes, creo que he visto la luz (o eso me gustaría creer). Mi querubo tiene cuatro años y como cualquier bicho de su especie y condición se ha pasado gran parte de las vacaciones navideñas pegado al televisor diseccionando y eligiendo cuantos juguetes aparecían por la caja tonta con todo el plumaje extendido y en base a ese ansia irrefrenable consumista he ido tomando buena nota para satisfacer sus insaciables deseos. Ni que decir tiene que Santa Claus ya hizo parada y fonda en mi morada con lo que no he querido ser muy cruel con sus majestades de Oriente haciéndoles cargar pesados presentes y decidí realizar el sueño de todo niño que se precie en la noche más mágica del año con una espada laser de Star Wars (un cacho de plástico con una tenue lucecita por la que me soplaron 46 €) y un videojuego para la consola que el niño ya poseía, amén de un surtido variado de personajillos de la galáctica trilogía que me han salido más caros que un kilo de carabineros. Tengo que reconocer que los nervios propios de mi hijo y su carita de no haber roto nunca un plato me hicieron retrotaerme a mi niñez y anoche puse los regalos junto a los zapatos que con tanta pulcritud colocó bajo el árbol mi esposa, bastante más ducha que yo en los menesteres navideños.
Esta mañana, mientras contemplaba absorto las curvas de la Monroe en "Vidas rebeldes", he oído los pasos acelerados del pequeño de la casa y si bien su primera cara de sorpresa no tenía desperdicio, ha ido abriendo los regalos con la misma velocidad con la que los dejaba abandonados junto al árbol y eso ha sido todo. Una vez abiertos ha visto satisfechas sus necesidades y se ha puesto a ver la TV con una frialdad que me asustaba.
Esta mañana, mientras contemplaba absorto las curvas de la Monroe en "Vidas rebeldes", he oído los pasos acelerados del pequeño de la casa y si bien su primera cara de sorpresa no tenía desperdicio, ha ido abriendo los regalos con la misma velocidad con la que los dejaba abandonados junto al árbol y eso ha sido todo. Una vez abiertos ha visto satisfechas sus necesidades y se ha puesto a ver la TV con una frialdad que me asustaba.
¿Qué clase de monstruos estamos creando? ¿Es esto el principio del fin? Los latigazos de la memoria suelen hacer vana justicia con el presente pero creo recordar la festividad del 6 de Enero como la más esperada e ilusionante del año en mis tiempos de la infancia, durando el eco de la misma al menos hasta la llegada de la Primavera pero hoy es distinto, quizás porque por mi escasa capacidad de saber educar a un hijo convierto casi todos los días del año en día de Reyes y no es algo que deba achacar a mi primogénito precisamente.
Siempre me viene a la memoria una escena de la inolvidable "Fresa y chocolate" cuando Vladimir Cruz le dice a Jorge Perugórría que va a casa a cambiarse de atuendo. Aquel sube a su modesto piso y en el dormitorio hay una camisa colgada de una percha, se quita la que lleva puesta y se pone la otra... Puede sonar a la cantinela del abuelo Cebolleta pero mi propio hijo me está enseñando lo que ya sospechaba: cuanto más aumentan nuestras posesiones más infelices y vulnerables somos.
