Tuesday, January 06, 2009


Yo soy uno de los miles de sufridos padres que todo lo que hacemos en esta vida es por el bien de nuestros hijos y hoy precisamente, en el día de Reyes, creo que he visto la luz (o eso me gustaría creer). Mi querubo tiene cuatro años y como cualquier bicho de su especie y condición se ha pasado gran parte de las vacaciones navideñas pegado al televisor diseccionando y eligiendo cuantos juguetes aparecían por la caja tonta con todo el plumaje extendido y en base a ese ansia irrefrenable consumista he ido tomando buena nota para satisfacer sus insaciables deseos. Ni que decir tiene que Santa Claus ya hizo parada y fonda en mi morada con lo que no he querido ser muy cruel con sus majestades de Oriente haciéndoles cargar pesados presentes y decidí realizar el sueño de todo niño que se precie en la noche más mágica del año con una espada laser de Star Wars (un cacho de plástico con una tenue lucecita por la que me soplaron 46 €) y un videojuego para la consola que el niño ya poseía, amén de un surtido variado de personajillos de la galáctica trilogía que me han salido más caros que un kilo de carabineros. Tengo que reconocer que los nervios propios de mi hijo y su carita de no haber roto nunca un plato me hicieron retrotaerme a mi niñez y anoche puse los regalos junto a los zapatos que con tanta pulcritud colocó bajo el árbol mi esposa, bastante más ducha que yo en los menesteres navideños.
Esta mañana, mientras contemplaba absorto las curvas de la Monroe en "Vidas rebeldes", he oído los pasos acelerados del pequeño de la casa y si bien su primera cara de sorpresa no tenía desperdicio, ha ido abriendo los regalos con la misma velocidad con la que los dejaba abandonados junto al árbol y eso ha sido todo. Una vez abiertos ha visto satisfechas sus necesidades y se ha puesto a ver la TV con una frialdad que me asustaba.

¿Qué clase de monstruos estamos creando? ¿Es esto el principio del fin? Los latigazos de la memoria suelen hacer vana justicia con el presente pero creo recordar la festividad del 6 de Enero como la más esperada e ilusionante del año en mis tiempos de la infancia, durando el eco de la misma al menos hasta la llegada de la Primavera pero hoy es distinto, quizás porque por mi escasa capacidad de saber educar a un hijo convierto casi todos los días del año en día de Reyes y no es algo que deba achacar a mi primogénito precisamente.

Siempre me viene a la memoria una escena de la inolvidable "Fresa y chocolate" cuando Vladimir Cruz le dice a Jorge Perugórría que va a casa a cambiarse de atuendo. Aquel sube a su modesto piso y en el dormitorio hay una camisa colgada de una percha, se quita la que lleva puesta y se pone la otra... Puede sonar a la cantinela del abuelo Cebolleta pero mi propio hijo me está enseñando lo que ya sospechaba: cuanto más aumentan nuestras posesiones más infelices y vulnerables somos.

Monday, January 05, 2009


Vaya, vaya... Un par de años después de mi último artículo, hay que ver cómo ha cambido el cuento y no es que no sigamos siendo igual de hipócritas ante la Navidad sino que la hucha está vacía y los alardes desmedidos de nuevo rico han pasado a mejor vida, más que nada porque lo que se lleva ahora es ser nuevo pobre y es que las vacas gordas deben estar pastando por los Emiratos Arabes que a falta de pasto seguro que les echan caviar de Beluga y angulas de Aguinaga los jodidos jeques.

Sales a la calle como antaño y aparentemente el cuento no ha cambiado tanto. Los centros comerciales están abarrotados de hordas salvajes a la búsqueda de presentes traicioneros, las luces navideñas iluminan las frías noches del incipiente invierno que este año ha madrugado más que nunca y los anuncios televisivos son la estrella de la programación pero si indagamos con interés apreciaremos que no es lo mismo. La gente lleva muchas menos bolsas en la mano, no corren, más bien pasean con el semblante cabizbajo y lo que es más sintomático, las dependientas se acurrucan con desgana sobre las cajas registradoras a la espera de dar caña a la dichosa maquinita, que seguro que las pobres sufridoras van a comisión. También los adornos navideños, a la par que más escasos, provienen de productos del reciclaje, que suena moderno y ecológico pero realmente se hace porque los ayuntamientos están tiesos como la mojama. Y basta recordar que mientras los anuncios comerciales de antaño peleaban por cuál era el más ostentoso, los de la actualidad se encargan de gritar a los cuatro vientos de un modo muy modesto, eso sí, que las rebajas se han adelantado un mes. Una delicia, vamos, y es que yo sí que me alegro de que la crisis haya vuelto a casa por Navidad, coño. Se acabaron los tiempos infaustos en el que uno iba con el recibo de luz al banco y le endiñaban un préstamo de 60000 eurazos para comprar un todoterreno americano que las más de las veces lo utilizaba para ir al centro comercial de turno y ya es sabido que al tener unos accesos tan agrestes, qué menos que sacar el Hummer para sortear los insalvables obstáculos que presentaba. ¿Suena cruel? Lo sé. ¿Clasista? No creo. Simplemente expreso la convinción de que en este maldito país hemos vivido en una quimera durante los últimos diez años y, claro, al final del sueño hay que despertarse y asumir nuestra triste realidad y ésta no es otra que somos una camarilla de mileuristas que por un tiempo jugamos a ser alemanes o luxemburgueses. Así ha sido la hostia, monumental. Pero no hay mal que por bien no venga y ahora tenemos la oportunidad de hacer un acto de contricción, asumir nuestra realidad y, lo que es más importante, tratar de ser felices con lo que tenemos, que no es tanto como el banco nos quería hacer creer.

Ánimo a todos y feliz año. Os dejo que tengo que organizar mi próximo viaje a Aruba.