
Desde que tengo uso de razón mis padres me inculcaron las ideas propias de la época destinadas a lograr de mí un ciudadano de pro modélico y ejemplar ,o sea, un pringaó que se parte el espinazo de ocho a ocho, cinco días a la semana para lograr una hipoteca de mala muerte en el que 8 o 9 años de la misma van destinados a engordar las rebosantes arcas del hermano banco, alimentar a un par de seres egoistas cuyo único objetivo será sorberte las entrañas para más tarde dejarte abandonado al amparo de una residencia geriátrica municipal y pasar quince días de agosto remojando el culo en las abarrotadas playas alicantinas. Gracias a los dioses, paralelamente a la nutrida educación parental y colegial desarrollé un desmedido placer por la lectura, afición esta que debía practicar furtivamente pues de aquella un muchacho que devoraba libros con fruición estaba socialmente mal visto y fue esta actividad clandestina unida a mi volátil imaginación las que se encargaron de disipar los negros nubarrones que se cernían sobre mi futuro y con 20 años apenas cumplidos rompí todas las débiles cadenas que me unían a mi mundo gris y comencé el periplo por el ancho orbe. Londres, Viareggio, Buenos Aires, Nueva York... lugares, gentes, historias, aeropuertos, desengaños, mar, maletas, cartas, empezar de cero, despedidas, pasaporte, emails, amores perdidos, amores furtivos... y vuelta a empezar.
Hice de viajar una filosofía de vida y me encontraba feliz en ese rol hasta el punto que palabras como arraigar, hipoteca, estabilidad u hogar formaban parte de mundos lejanos que sólo el hecho de pensar en ellos me causaban fiebre y tiritonas. Los tres años que pasé en la universidad no me dieron ni la milésima parte de sabiduría que cualquiera de los viajes que realizaba alrededor del mundo y me sentía orgulloso del modo de vida que había escogido libremente.
Pero la trayectoria de las personas toman giros insospechados y cuando más cómodos nos encontramos en nuesta situación llegan circunstancias caprichosas y altaneras que se encargan de enviarnos al fango de la mediocridad dejándonos sin fuerzas como cuando despertamos repentinamente de un sueño húmedo. Algún que otro revés, mi mala cabeza y cierta relajación en mi afán por buscar la felicidad me devolvieron a una realidad de la que mis padres se hubieran sentido muy orgullosos pero que a mí me va minando poco a poco hasta hacerme casi invisible, como el personaje de "El increíble hombre menguante". Paradójicamente comparto mi vida con la mujer de mis sueños y no me separaría de ella por nada del mundo pero hoy, responsable de mi hipoteca, con un trabajo lucrativo y no muy sacrificado y el apartamento de mis suegros en Torrevieja, siento un vacío interior que hace de mí un sonámbulo perdido en el valle de la monotonía.
A quien quiera escucharme o a cualquiera que esté paseando por una playa desértica del Yucatán y se tropiece con una botella con mensaje en su interior le pido que deje abierta la ventana de los sueños y si se fija con atención verá la cara sonriente de alguien que perdió su identidad en la sala de espera de un aeropuerto cualquiera.
