Vaya, vaya... Un par de años después de mi último artículo, hay que ver cómo ha cambido el cuento y no es que no sigamos siendo igual de hipócritas ante la Navidad sino que la hucha está vacía y los alardes desmedidos de nuevo rico han pasado a mejor vida, más que nada porque lo que se lleva ahora es ser nuevo pobre y es que las vacas gordas deben estar pastando por los Emiratos Arabes que a falta de pasto seguro que les echan caviar de Beluga y angulas de Aguinaga los jodidos jeques.
Sales a la calle como antaño y aparentemente el cuento no ha cambiado tanto. Los centros comerciales están abarrotados de hordas salvajes a la búsqueda de presentes traicioneros, las luces navideñas iluminan las frías noches del incipiente invierno que este año ha madrugado más que nunca y los anuncios televisivos son la estrella de la programación pero si indagamos con interés apreciaremos que no es lo mismo. La gente lleva muchas menos bolsas en la mano, no corren, más bien pasean con el semblante cabizbajo y lo que es más sintomático, las dependientas se acurrucan con desgana sobre las cajas registradoras a la espera de dar caña a la dichosa maquinita, que seguro que las pobres sufridoras van a comisión. También los adornos navideños, a la par que más escasos, provienen de productos del reciclaje, que suena moderno y ecológico pero realmente se hace porque los ayuntamientos están tiesos como la mojama. Y basta recordar que mientras los anuncios comerciales de antaño peleaban por cuál era el más ostentoso, los de la actualidad se encargan de gritar a los cuatro vientos de un modo muy modesto, eso sí, que las rebajas se han adelantado un mes. Una delicia, vamos, y es que yo sí que me alegro de que la crisis haya vuelto a casa por Navidad, coño. Se acabaron los tiempos infaustos en el que uno iba con el recibo de luz al banco y le endiñaban un préstamo de 60000 eurazos para comprar un todoterreno americano que las más de las veces lo utilizaba para ir al centro comercial de turno y ya es sabido que al tener unos accesos tan agrestes, qué menos que sacar el Hummer para sortear los insalvables obstáculos que presentaba. ¿Suena cruel? Lo sé. ¿Clasista? No creo. Simplemente expreso la convinción de que en este maldito país hemos vivido en una quimera durante los últimos diez años y, claro, al final del sueño hay que despertarse y asumir nuestra triste realidad y ésta no es otra que somos una camarilla de mileuristas que por un tiempo jugamos a ser alemanes o luxemburgueses. Así ha sido la hostia, monumental. Pero no hay mal que por bien no venga y ahora tenemos la oportunidad de hacer un acto de contricción, asumir nuestra realidad y, lo que es más importante, tratar de ser felices con lo que tenemos, que no es tanto como el banco nos quería hacer creer.
Ánimo a todos y feliz año. Os dejo que tengo que organizar mi próximo viaje a Aruba.

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