Sunday, March 22, 2009


La lectura es una de mis aficiones favoritas. Afirmando esto parece que estoy respondiendo a un test de personalidad de un suplemento dominical cualquiera pero en mi caso es rigurosamente cierto. Siendo ya muy niño prefería jugar con un Atlas Mundial cuyos mapas me tenían absorto o con cualquier libro de Los Cinco antes que con los Madelmanes y Geipermanes que hacían furor en aquella época. Biografías sencillas de Julio César o el Cid, aventuras de Alfonsín de Tarascón y relatos acompañados de viñetas del gran Julio Verne eran mis conductos habituales para navegar en mundos que de otro modo no hubiera descubierto nunca y era sólo cuestión de tiempo el zambullirme en los brazos de Homero, Cortázar o Kerouac para mantenerme lo suficientemente aislado de la realidad como para no volverme loco. No es que sea un devorador de libros pero en un año puedo leer entre 30 o 40 lo que en este país es algo realmente remarcable. En cuanto a mis preferencias, leo primordialmente novelas pero no desdeño un buen ensayo, libro de poemas o cualquier estilo que caiga en mis manos.



Actualmente estoy enfrascado en las "Conversaciones con Woody Allen" de Eric Lax el cual me lo regaló mi hermana estas navidades sabedora como es de mi debilidad por el director neoyorquino y lo cierto es que estoy totalmente entregado a su lectura saboreando cada una de las páginas al igual que disfruto cualquier escena de sus películas.



El meollo del asunto es que esta mañana he perdido el libro y este luctuoso hecho me ha dejado abatido y con una ira autodestructiva que me ha asustado a mí mismo. No esperaba que la pérdida de un libro podría afectarme tanto. He tratado de reproducir todos mis movimientos con el fin de tratar de hilvanar una pista que pudiera llevarme hasta mi preciado tesoro pero mi propio enojo me ofuscaba y los tenues recuerdos de las últimas horas se diluían en una mezcla de ira ascendente y profunda tristeza. Tres horas más tarde cuando ya lo daba por perdido, un caritativo vecino me lo ha devuelto sano y salvo. Lo había encontrado en el garaje sobre el techo de su coche y como me cruzo con él frecuentemente en la calle (paseamos a nuestros perros a horas parecidas aunque con diferentes trayectorias) acompañado de algo de lectura no ha tardado mucho en adivinar quién era el estúpido despistado que había dejado ese tesoro sobre su coche.


El resto del día lo he pasado aferrado a él. Lo sobaba, lo olía, lo contemplaba embelesado hasta el punto que mi esposa me atacaba socarronamente aunque con cierto tufillo celoso en sus irónicos comentarios y no es para menos pues me sentía como un adolescente después de recuperar un amor perdido. ¿Será tanta pasión incontrolada por un manojo de papeles sano?...

Friday, March 06, 2009




Hoy he decidido apostatar. Así, en seco y sin anestesia. Reniego oficialmente de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana después de casi 40 tacos de militancia pasiva pero oficial al fin y al cabo y lo hago en plenitud de mis condiciones psíquicas (no tanto las físicas, que el paso del tiempo es inexorable), sin nigún tipo de coacción, presión o influencia externa.


Esta mañana, mientras ojeaba las ediciones digitales de los diarios patrios me topé con una noticia que si bien primero me causó una profunda indignación automáticamente viró a una sensación solidaria con los afectados. La susodicha se versaba en Brasil y aducía al proceso de excomunión iniciado por el prelado carioca a los médicos que han practicado el aborto a una niña violada recientemente y los muy ladinos se han quedado tan anchos y orgullosos con su excomunión a cuestas. Y no sé por qué me da que los señores licenciados del tema sanitario como que les habrá traído al pairo tamaña ofensa o quizás sea el mismo jefe supremo de los ínclitos curas quien se ande descojonando por la pataleta arrabalera que han protagonizado sus representantes legales en estos lares.

Esto que podría sonar a perorata republicana o a panfleto anarquista, es algo que ha sucedido realmente en los albores del siglo XXI y en un país que presume de moderno y pujante tanto social como económicamente y es causa más que suficiente para decir basta a la ignominia que supone pertenecer a esta secta fundamentalista y anclada en un pasado que ni tan siquiera ha existido, sólo en sus calenturientas mentes y en la de sus fanáticos seguidores.

Es en estos momentos cuando viene a mi recuerdo la figura de mi tío José Antonio, misionero de los padres Blancos que ejercía de tal en Camerún allá por los lejanos setentas. Sus esporádicas visitas a España eran seguidas con gran boato por toda mi familia convirtiéndose sus charlas en verdaderos acontecimientos sociales. Alto, atractivo y con un gran poder de persuasión, sus narraciones de la vida en la selva rodeado de nativos a los cuales sólo conocíamos a través de la incipiente televisión causaban sobre mí los mismos efectos que la lectura de Julio Verne o mi idolatrado Jack London. Mi familia, de firmes convicciones religiosas, lo escuchaban con curiosidad aunque con cierto resquemor tras comprobar que sus ideas doctrinales se alejaban diametralmente de las que el párroco don Gonzalo postulaba los domingos en la parroquia y eso sonaba a herejía en los puritanos oídos de los Marqueta. Lo que en aquel entonces causaba cierta inquietud en mis tiernas creencias hoy sé que fueron germen puro para el desarrollo de mis principios. Mi tío José Antonio no era misionero, ni tan siquiera religioso. Mi tío José Antonio era una buena persona que sentía la necesidad imperiosa de ayudar al desvalido del mejor modo que sabía: dando su vida por ellos en el nombre de la libertad, de la justicia y del sentido común. Allí no tenía nada que ver Dios ni el susum corda.

Los años pasados bajo el siniestro manto de los Maristas y las turbulentas historias destapadas en torno a la piedra de Pedro me han hecho decir basta. Basta a quienes cobijan dictadores y magnicidas; basta a los que fomentan el Sida en el continente africano; basta a los que extienden el sufrimiento humano amparados en la palabra vida; basta a los que degradan a la mujer por el mero hecho de serlo; basta a los que protegen y encubren a pederastas; basta a los que censuran a la ciencia en nombre de Dios; basta a los que no respetan los derechos fundamentales del ser humano; basta a los que nos enseñan como debemos amar; basta a los que se lucran con la miseria ajena; basta a los que que acojen a su rebaño bajo la palabra temor. BASTA.

Seguro que dentro de la mafiosa organización de la iglesia católica habrá miembros respetables, honestos con sus creencias pero no son capaces de entrar en el templo como hizo Jesús y sacar a latigazos a esos fariseos que ensucian el nombre de la raza humana. Seguro que dentro de los seguidores católicos muchos de ellos piensan como yo pero no les apetece remover la mierda por temor a que les salpique.

Pues por todo esto hoy apostato oficialmente y mira por donde me siento bien, liberado y con la conciencia tranquila.

Amén