Friday, March 06, 2009




Hoy he decidido apostatar. Así, en seco y sin anestesia. Reniego oficialmente de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana después de casi 40 tacos de militancia pasiva pero oficial al fin y al cabo y lo hago en plenitud de mis condiciones psíquicas (no tanto las físicas, que el paso del tiempo es inexorable), sin nigún tipo de coacción, presión o influencia externa.


Esta mañana, mientras ojeaba las ediciones digitales de los diarios patrios me topé con una noticia que si bien primero me causó una profunda indignación automáticamente viró a una sensación solidaria con los afectados. La susodicha se versaba en Brasil y aducía al proceso de excomunión iniciado por el prelado carioca a los médicos que han practicado el aborto a una niña violada recientemente y los muy ladinos se han quedado tan anchos y orgullosos con su excomunión a cuestas. Y no sé por qué me da que los señores licenciados del tema sanitario como que les habrá traído al pairo tamaña ofensa o quizás sea el mismo jefe supremo de los ínclitos curas quien se ande descojonando por la pataleta arrabalera que han protagonizado sus representantes legales en estos lares.

Esto que podría sonar a perorata republicana o a panfleto anarquista, es algo que ha sucedido realmente en los albores del siglo XXI y en un país que presume de moderno y pujante tanto social como económicamente y es causa más que suficiente para decir basta a la ignominia que supone pertenecer a esta secta fundamentalista y anclada en un pasado que ni tan siquiera ha existido, sólo en sus calenturientas mentes y en la de sus fanáticos seguidores.

Es en estos momentos cuando viene a mi recuerdo la figura de mi tío José Antonio, misionero de los padres Blancos que ejercía de tal en Camerún allá por los lejanos setentas. Sus esporádicas visitas a España eran seguidas con gran boato por toda mi familia convirtiéndose sus charlas en verdaderos acontecimientos sociales. Alto, atractivo y con un gran poder de persuasión, sus narraciones de la vida en la selva rodeado de nativos a los cuales sólo conocíamos a través de la incipiente televisión causaban sobre mí los mismos efectos que la lectura de Julio Verne o mi idolatrado Jack London. Mi familia, de firmes convicciones religiosas, lo escuchaban con curiosidad aunque con cierto resquemor tras comprobar que sus ideas doctrinales se alejaban diametralmente de las que el párroco don Gonzalo postulaba los domingos en la parroquia y eso sonaba a herejía en los puritanos oídos de los Marqueta. Lo que en aquel entonces causaba cierta inquietud en mis tiernas creencias hoy sé que fueron germen puro para el desarrollo de mis principios. Mi tío José Antonio no era misionero, ni tan siquiera religioso. Mi tío José Antonio era una buena persona que sentía la necesidad imperiosa de ayudar al desvalido del mejor modo que sabía: dando su vida por ellos en el nombre de la libertad, de la justicia y del sentido común. Allí no tenía nada que ver Dios ni el susum corda.

Los años pasados bajo el siniestro manto de los Maristas y las turbulentas historias destapadas en torno a la piedra de Pedro me han hecho decir basta. Basta a quienes cobijan dictadores y magnicidas; basta a los que fomentan el Sida en el continente africano; basta a los que extienden el sufrimiento humano amparados en la palabra vida; basta a los que degradan a la mujer por el mero hecho de serlo; basta a los que protegen y encubren a pederastas; basta a los que censuran a la ciencia en nombre de Dios; basta a los que no respetan los derechos fundamentales del ser humano; basta a los que nos enseñan como debemos amar; basta a los que se lucran con la miseria ajena; basta a los que que acojen a su rebaño bajo la palabra temor. BASTA.

Seguro que dentro de la mafiosa organización de la iglesia católica habrá miembros respetables, honestos con sus creencias pero no son capaces de entrar en el templo como hizo Jesús y sacar a latigazos a esos fariseos que ensucian el nombre de la raza humana. Seguro que dentro de los seguidores católicos muchos de ellos piensan como yo pero no les apetece remover la mierda por temor a que les salpique.

Pues por todo esto hoy apostato oficialmente y mira por donde me siento bien, liberado y con la conciencia tranquila.

Amén

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