Sunday, December 03, 2006


La Navidad ya acecha tras un sucio rincón dispuesta a clavar sus afiladas garras en nuestros desnudos bolsillos. Esto que bien podría ser un titular sensacionalista o un gingle de ONG, no deja de ser la cruda realidad que año tras año va reafirmando el tópico (como ocurre con todos los tópicos) hasta hacerse fuerte y arraigarse en nuestras vidas como algo lógico y asumido.
Reconozco que es fácil criticar la Navidad. ¿Quién no conoce a alguien que no la odie? Yo mismo soy un abanderado de la populosa corriente antinatividad que ruge con especial vehemencia en estas fechas en las que El Corte Inglés, Freixenet o Joggi Preciossi nos invitan a ser más generosos y caritativos (especialmente con sus consejos de administración). No faltan guiños a los más pobres y cuando visitamos cualquier sucursal bancaria nos encontramos en los mostradores enormes huchas tocadas con un gorro de Santa Claus junto a la fotografía de algún inocente querubo Malinés de mirada acuosa y estómago hinchado por vacío con el consabido pie de foto con una leyenda parecida a "él tampoco tomará el turrón este año...¿o sí?". Si nos preguntamos en serio esta cuestión y reflexionamos detenidamente acerca de la manida frase (se supone que para eso la escriben...)llegaremos a la lamentable conclusión que el pizpireto retratado pasará tan señaladas fechas, si tiene suerte, con un cuenco de gachas de maíz mientras que los creadores e impulsores de la caritativa campaña, serán quien coman el turrón y el champagne, entre Pata Negra y percebes a cuenta de tan dadivosos donativos porque, no seamos ilusos, ese dinero generará más dinero gestado por las mentes preclaras de tan nobles organizaciones con ánimo de lucro y bajo el manto de la caridad navideña montarán otro negocio redondo. Háganme caso. Todos sabemos que es así pero como somos conformistas por naturaleza, lo aceptamos con resignación cristiana.
Las reuniones familiares son otro capítulo destacado en esta vorágine de egoismo e hipocresía. Hermanos que no se hablan reavivarán las brasas del odio activados por la proximidad que da una mesa repleta de manjares que las más de las veces no nos gustan o son demasiado sofisticados como para saborearlos. Y luego está el cuñado gilipollas, porque todos tenemos un cuñado gilipollas que al inicio de la noche se muestra altivo y prepotente presumiendo de su nueva posición jerárquica en el trabajo, coche de empresa y gastos incluídos. Tras una breve fase de chistes machistas y homófobos regados con vino malo encubierto por el manto de Rioja, lanzará una mirada asesina a su mujer en cuanto a ésta se le ocurra desarmar la presunta virilidad de su macho para acabar roncando como un cenutrio hombro con hombro con el abuelo, que harto de tanta estupidez malsana opta por desconectar el sonotone.
Sí, amigos, este es el sentido que yo le veo a estas fechas. No puedo ni quiero desdecir a quien ame estas fiestas, las viva y las disfrute con vocación inocente pero creo que tengo todo el derecho del mundo a despotricar y patalear ante tanta inmundicia que me toca vivir en este mes y si he logrado con este panfleto aplacar mi ira, objetivo cumplido.
Y ahora, si me perdonan, tengo que ir a buscar el árbol y de paso comprar un par de décimos de Lotería. Juro que este año será el último que lo haga. Feliz Navidad.

Monday, November 20, 2006


Los domingos por la mañana tengo la sana costumbre (para una que tengo...) de dar un largo paseo con mis perros, dos huskies siberianos tan desapegados e independientes como su amo. Desobedientes, pendencieros y algo macarras,  aunque tengo que reconocer que adoro a esos chuchos.
Junto a mi casa se encuentra un parque muy coqueto y acogedor que todavía no ha sido tomado al asalto por las hordas urbanitas que merodean por doquier dedicándose impúnemente a destrozar todo aquello que encuentran a su paso, especialmente si huele a nuevo, por lo que todavía tiene un aspecto bucólico e invita a largas caminatas si el tiempo y la autoridad lo permite, claro.
Fue este domingo pasado cuando iba yo absorto pensando en divagaciones estúpidas y mis dos truhanes disfrutando de lo lindo, cuando un murmullo sostenido captó mi atención. Con el paso del tiempo, me he vuelto más huraño y esquivo con lo que mi instinto natural me llevó a ubicarme tras un  arbusto que me permitía observar sin ser observado cual husar de San Petersburgo ejerciendo de correo del zar, y tengo que estar muy agradecido a esa especie de sexto sentido que he ido adquiriendo con los años pues a no más de diez metros de donde me encontraba, atisbé a una de las asociaciones humanas más temibles y patéticas que conozco: paseantes de perros organizados en escuadrón. Tétrica escena que cada vez con más frecuencia suele frecuentar parques y zonas residenciales independientemente de su estatus, mostrando ufanos a sus mascotas mientras compiten denodadamente por ver quién hace el comentario más snob.
La vida me ha llevado por unos derroteros que me han permitido vivir en muy diversos lugares y el fenómeno de los grupitos de canes acompañados por sus petulantes amos, es algo frecuente, costumbre ésta alimentada en ñoñas series de TV generalmente estadounidenses de barrios residenciales con aburridas casitas color pastel, un descapotable junto a un monovolumen en la acera de enfrente, el chico que reparte los periódicos con una destreza fuera de lo común arrojándolos desde una considerable distancia y sin detener la bicicleta logrando que la publicación no sufra ni un rasguño (hagan la prueba ustedes mismos y si logran el mismo resultado, les pago una subscripción anual a "El Jueves") o la vecina maravillosa que le lleva una tarta de manzana como señal de bienvenida a los nuevos residentes (seguro que la muy zorra acaba follando con el pervertido del vecino), costumbres todas ellas que como Halloween, Santa Claus o el día de San Patricio, se extienden por nuestros pagos con sorprendente velocidad.
Sin entrar en divagaciones, seguro que cualquiera de ustedes habrán esbozado una tímida sonrisa al comenzar a leer este artículo porque me juego el sueldo del mes a que todos han reconocido el grupito de marras. Aunque no sean los afortunados poseedores de un perro, seguro que frecuentan algún parque con mayor o menor asiduidad y si no en todas, en alguna ocasión se habrán dado de bruces con tan patético clan. Deténganse por un momento a pensar en ello. En número que va desde cuatro hasta diez elementos, se muestran en postura altanera, una mezcla de orgullo por el sentido posesivo hacia su mascota (aunque no le hagan ni puñetero caso) y reminiscencias de pavo real trasnochado para exhibirse ante sus acólitos.
Estos grupos comienzan formándose de un modo forzado y fingido partiendo de un individuo que con el tiempo se hará el cabecilla de tan siniestra manifestación. Suele ser varón, con un aspecto milimétricamente desaliñado, de carácter decidido y arrebatadoramente sociable. Luce una mascota a juego de porte señorial, mirando a sus caninos compañeros con cierto aire de suficiencia, luciendo un pelo de peluquería con tufillo hortera. Bien podría tratarse de un pastor alemán, un dálmata o incluso un setter irlandés. El amo se sabe ganador y busca la mirada condescendiente de otros transehuntes que no tienen la suerte de tener un campeón como él y, claro, siempre surge el gilipollas de turno que se le acerca con aire lastimero portando un chuchillo tipo caniche mascullando coletillas trasnochadas como: "-¡Dónde vas, Timmy, que es mucho más grande que tú!". En ese momento la pandilla acaba de germinar y, aunque en estado embrionario, el gen de estupidez y pedantería comienza a extenderse implacable. Pronto se unirán más autómatas a su incipiente grupo y en un plazo no superior a una semana tendrán su punto de reunión, circuito de paseo establecido para ver y ser visto y comenzarán a surgir los temas de conversación más absurdos que podamos imaginar. Los perros estarán encantados de la vida, eso sí, porque mientras sus amos se dedican a mostrar sus encefalogramas planos a sus nuevos amigos, ellos disfrutarán corriendo, retozando y echando algún polvo furtivo pensando por dentro lo afortunados que son de no tener que pasar por el trance de ser humanos.
En más de una ocasión he sufrido los denostados intentos de estos sectarios de nuevo cuño por arengarme y formar parte de su villana logia pero mi carácter eremita y un andar chulesco fruto de una lesión mal curada, les hace desistir y vuelven sus fauces con renovados bríos a por nuevas víctimas propiciatorias pasando a ser yo un elemento marginal, un paria que no merece más que alguna mirada furtiva y comentarios despectivos a mis espaldas. No saben el favor que me hacen.